miércoles, 17 de marzo de 2010

Cegua/I


Soy la Siguanaba,
la que en el bosque umbrío
y en la silente noche
[elevo mi cantar.
Sobre los bejucos
a la margen del río
balanceo mi cuerpo
[en el claro lunar.

La Siguanaba, canto popular guatemalteco



¡La ví!, ¡la ví!

La Cegua, relato popular costarricense



Podía decirse de Daniel que era un tipo tranquilo. Tenía sus extravagancias, claro está, pero nada imperdonable. Solía rodearse de amigos para explanar largas reuniones etílicas que comenzaban en algún café al filo de una nueva anécdota, un disco recién adquirido, o la exhumación de algún músico del siglo veinte. Bebía cerveza negra y dedicaba los fines de semana a deambular por San José.
Era para muchos el blanco de una envidia ponzoñosa. Confiado, labioso y de un físico excepcional, Daniel no hacía sino pararse en alguna esquina y ver cómo sobre él se cernía una tempestad de mujeres dispuestas. Sin ningún esfuerzo robaba suspiros y hacía hervir la sangre de las mojigatas. Es de suponerse, pues, que Daniel había pasado la mayoría de su vida envuelto entre las sábanas, rodeado de brazos ardientes y cuerpos sudorosos, y que a lo largo de ese extenso vaivén de caderas, vellos y gemidos, había llegado a dominar los ardides eróticos.
Pronto acrecentó su fama de amante entregado y de buen rendimiento, haciéndolo acreedor de un inacabable deleite en números exponenciales.

Durante años Daniel recorrió San José, y de todos los bares que hubo frecuentado, la Chicharronera Rancho Alegre le pareció el ideal para efectuar sus conquistas. Así, durante tres años y cuatro meses, cada noche en que visitó aquel bar emergió con una nueva acompañante; y a medida que su renombre se acrecentaba la belleza de sus compañeras se afinaba más, hasta que salía sólo con sílfides, modelos de revista y voraces bailarinas, todas de un aire orgulloso, inalcanzables para los demás mortales.
Al cumplir los veintinueve, Daniel ya había pasado por todas las miembros de la academia del Barco, las titulares de la Compañía Nacional de Danza, la de Teatro, las princesitas de la Promenade, las artistas de las universidades públicas, la Véritas y la Creativa, además de pintoras, poetizas y arquitectas consagradas. Aseguran incluso haberlo visto en un bus con la mitad del Ballet de Belgrado hacia el final de su gira centroamericana, y corría el chisme de que alguna mañana los botones del Hotel Aureola debieron soltar las amarras que lo ataban a la cama de la suite de Ivete Sangalo.

Una noche de abril, sin embargo, la suerte pareció cambiarle.
Salió temprano hacia su bar predilecto, y tras haber pasado el área brevemente iluminada de la entrada --donde un fortachón requisaba a quienes concurrían en esa puerta de la Calle 11-- penetró al interior de “la Chicha”. A la derecha unas escaleras conducían hacia la nada, suspendidas en hilos de vaho que las ataban a un desván obsolescente. Seguía un pasadizo que conectaba la puerta con una pequeña salita y con la párvula pista de baile. La barra —empalizada de bancos rodeada de astillas— amasaba espejos y botellas conjuradas por lo voluptuoso. En el local la tenuiad era tan precisa que debía de ser accidente pues, a pesar de las luces del escenario y las dos pantallas en las que corrían cortos animados o videos de patinetas, los rostros a lo lejos parecían difuminarse; chorreados de rojo o pringados de luna, todos se veían más bellos, y ya en la cercanía se acentuaban sus curvas, contrastabánse sus sombras y los rasgos encontraban equilibrio. Nadie parecía ser feo.

A Daniel le gustaba colocarse a lo largo del pasillo, apoyando los brazos en un borde, una pierna contra en la pared y la vista recorriendo el salón con aire indiferente. Mas esa noche, antes de ocupar su habitual esquina, una mujer le sonreía en la barra con tono invitante. Daniel, experto en ese baile de miradas, continuó la transacción sin inmutarse, y ya con la cerveza en mano, volvió la atención al pasillo dando media vuelta y entregando por cortos instantes la espalda a la mujer que lo miraba. Luego, con el rabo del ojo notó que ella repartía su atención entre su bolso, sus manos y él, escondiendo la mirada entre el cabello. Dejó pasar unos segundos y se volteó pretendiendo no haberla notado. Miró por sobre ella y luego bajó las pupilas hasta encontrarse con las suyas, arqueó una ceja dejando atisbar su interés, y con forzada despreocupación le dijo “disculpá, ¿no querés una cerveza?”. La mujer fingió sobresalto, incluso escándalo, y de seguido aceptó con un bosquejo de sonrisa.

El tiempo discurrió con rapidez y para cada cosa que ella comentaba, Daniel tenía la respuesta perfecta; así la incitaba a continuar, a perderse en sus propias palabras, a sentir que con él se vivían los instantes más cómodos, durante los cuales ella podía deshacerse de todos los velos, presentarse tal cual, abandonarse a un catártico ejercicio y dejarse tomar, libre de toda atadura.
Pero ésta, si bien había seguido el camino hasta casi el final, no parecía dar ese paso imprescindible en el que terminaba por rendirse. Daniel se acercaba, le tomaba brevemente la mano, le acariciaba los hombros, una rodilla, se reía mientras le recorría los rizos del cabello; pero ella sólo sonreía, sin timidez, mas también sin deseo, y le contestaba tocándole el pecho, como se le toca a un amigo, a un hermano.

Desde hacía mucho tiempo Daniel no topaba con un obstáculo así, casi infranqueable, y una cierta molestia empezaba a invadirlo. La idea de perder esa racha de tres años y medio lo aterrorizaba; pero sabía que, de forzarlo mucho, todo podía llegar a un final desdichado.
Decidió tantear terreno; tal vez alguien le había hablado mal de él, alguno de tantos que odiaban su éxito. Pero al preguntarle su origen supo que ella recién había llegado a San José y que venía de alguna parte a donde su fama no se había extendido. Entonces siguió tratando, horrorizado al pensar que volvería a su casa solo por primera vez. En múltiples oportunidades cambió de estrategia, invitándola a cerveza tras cerveza, agotándosele los temas, las anécdotas, los chistes. Había comenzado inclusive a sudar, sin darse cuenta, y se preguntaba cuánto más aguantaría su tarjeta de débito; pero era incapaz de darse por vencido.

Tras horas de angustia, ella le otorgó otro tipo de sonrisa.
Ya satisfecha, sabiendo que lo había puesto a prueba durante suficiente tiempo, lo tomó del cinturón y le atacó violentamente el cuello. Daniel pudo apenas contenerse cuando ella subía con su lengua desde su clavícula hasta su oreja, lamiéndole el lóbulo entre dentelladas mientras le decía: “vamos. quiero cambiar de lugar”. Con el alma vuelta al cuerpo, Daniel la tomó de la mano y se dirigió con ella hacia el bar El Morazán, donde pensaba calentar con un poco de baile y llevarla finalmente hasta su casa.
En el trayecto, sin embargo, ella le tomó la nuca y lo condujo hacia a un beso profundo en el que su lengua dibujaba serpentinas y sus manos se adueñaban de su espalda. Daniel apenas emergió de ese delicioso trance, tragó con esfuerzo y tomó aire. La miró recorrido por escalofríos innumerables, y ella le acarició el rostro, le tomó la mano y lo haló en silencio hacia el Parque España.

Iba tironeado por un deseo que lo llenaba de temblores, y podía apenas caminar por causa de la rigidez que invadía su entrepierna.
Pasaraon debajo de Avenida Tres y, salidos apenas del túnel, los golpeó la luz. Ella lo miró brevemente y Daniel notó que su ojo izquierdo parecía haberse hinchado; procuró entonces examinar su mirada y vio con terror que sus pupilas parecían haberse alargado y atravesarle los ojos de forma horizontal. Entonces se detuvo. Ella se volteó hacia él con expresión turbada y le preguntó si todo andaba bien, y en ese instante Daniel la miró fijamente a los ojos para cerciorarse de que nada extraño estuviera ocurriendo. Debían ser tantas cervezas, los nervios, o la tensión que durante horas lo estuviera acribillando; no había nada raro en aquella mirada de ojos verdáceos y lujuria en flor. Más tranquilo, le sonrió y continuó su paso, abrazándola mientras ella manoseaba su muslo y luego con firmeza le tomaba el pene.

Como por instinto encontraron un espacio entre la maleza del centro del parque. Ella lo sentó espaldas a un árbol y se sentó sobre sus muslos con una pierna a cada cada costado. Daniel la bebió con vehemencia y vertió su deseo sobre su cuello, sus senos, su vientre, mientras ella encorvaba la espalda, entregada al altar de su propio suplicio. En un instante recogió su cuerpo y envolvió a Daniel entre sus brazos, colocandándole la frente entre sus pechos. En ese momento sintió que su fuerza lo aplastaba, y ya angustiado comenzó a escuchar un ingrato crujido que se asemejaba al de un bambú astillándose al tiempo que se casca una nuez contra otra.
Con el rostro inmóvil, se percató de que el sonido no eran sino huesos que se iban quebrando, acompañados de ligamentos que se fisuraban como un hule viejo. Daniel apenas pudo retirar la cabeza de entre los senos de quien lo apresaba, para notar solamente que el maxilar se le hinchaba mientras se iban formando en sus pómulos bubas infectas. Su mandíbula se había desmontado y le colgaba a la altura del pecho, para comenzar luego a fracturarse, hueso por hueso, rompiendo la carne y alargándose hacia el frente, haciendo que el pellejo se rasgara y supurara una pus blanquecina. Sus dientes se aflojaron y fueron desprendiéndose uno a uno sobre la frente de Daniel, que sentía cómo los molares cubiertos de carroña le bajaban por el rostro y le dejaban en los labios una baba hedionda. Luego miraba, repleto de lágrimas, cómo se le rompían las fosas nasales, luego se hinchaban y eran invadidas por vellos purulentos.
De seguido, un belfo aguado sustituía sus labios y debajo de aquella carne, grisácea, de la que saltaban pelos y verrugas, las encías desnudas comenzaban a abrirse y a soltar sanguaza; luego se asomaba una línea viscosa entre la carne tierna y emergían grandes dientes envueltos en un jugo séptico. Daniel luchaba por soltarse mientras veía que el cuello se le estiraba imitando el ruido que produce un espinilla al estallarse.
Ella lo tomó del pelo y lo sacudió al tiempo que su pecho se repletaba de canas y venas hinchadas; luego emitió algo así como el gruñir de una cerda que pare, mientras iba quedándose calva. Daniel entonces se aferraba a su cintura como un niño que busca refugio, arrepentido de existir, suplicando entre gritos y sollozos, apretando con fuerza sus puños y sujetando el pasafajas de su pantalón. Entonces, con violencia ella se asió de sus hombros y soltó un espantoso relincho que hizo vibrar las paredes de la Escuela Metálica y los zifones de la Fábrica Nacional de Licores. Y como si no lo deseara, le clavó los dientes a Daniel en el trapecio y de un tirón le desgarró la carne influyéndole así halaridos estridentes.
Sofocado en lágrimas, babas y sangre, sólo instantes antes de desvanecerese, alcanzó a suplicar “por favor mami, perdón, perdón, ya no lo vuelvo a hacer” y continuó besando los pechos de aquella quimera, hedionda a caña y a boñiga.


De pronto se encontró abrazado de sí mismo, temblando y sumido en un llanto insondable. La herida le sangraba y los pantalones los tenía embarrados de excremento y meados. Se puso de pie y se llevó las manos al rostro, percibiendo el mundo como si fuera la primera vez; comprendió que vivía, que aún estaba ahí. Entonces vomitó largamente, sostenido del mismo árbol que hacía un rato fuera la estaca de una horripilante hervencia. Emergió de la maleza vociferando un “auxilio” que se ahogó entre las conversaciones, los ‘beats’ y el pasar de los autos.
Trastabilló hasta cruzar la calle y de allí buscó subir hasta el cuartel de policía aferrado a las piedras del muro que elevaba la Avenida Tres. Empapado de lágrimas, llegó a la esquina sobre la que se alza la Escuela Metálica y se echó de hinojos; luego se deshizo en una imploración que nadie atendería.
Apoyando la espalda sobre el muro, se sentó y se palpó la herida. Respiraba con dificultad y el llanto cortaba su aliento; echó entonces la cabeza hacia atrás, relajó los músculos y echó un vistazo al Paseo de las Damas. Los árboles buscaban alcanzarse y las paredes de ladrillo rompían el influjo de la luz en una infinidad de sombras. Los vitrales de Key Largo querían engullir al Parque Morazán, y el Templo de la Música curvaba el tabernáculo celeste.

A lo lejos escuchó un ruido que trascendía el murmurar de lo urbano: los cascos de un caballo golpeaban el asfalto en un andar ocioso. Parecían acercarse, acompañados de bufidos breves, venidos desde el frente de Casa Amarilla. Cada vez más cerca. Extensos en su vaguedad, bulla de lo ineluctable, iban empujando a un transe órfico de notas blancas. Daniel cerró los ojos, inútil en el horror que lo paralizaba, y escuchó la risa lacrimosa de una mujer que devenía en denostos relichos. Quiso entonces convencerse de lo inevitable y se limitó a escuchar el golpeteo de los cascos; seco; hiriente.
Y mientras temblaba, el trote parecía acercarse; sin llegar, siempre parecía acercarse.

miércoles, 27 de enero de 2010

Telémaco

Oh, do come out of that jug, and tell me,
do yo know where they have put my shadow?

J. M. Barrie



Como si la noche se estuviera derritiendo
y se colaran sus esquirlas a través de la tela celeste,
vio el asomo de las nubes
que se despedían reiterando una perenne bienvenida,
procurando,
compeliendo
a un mundo que alentaba detrás de las velas del barco.

Y redujo entonces sus suspiros,
esos accesos de anhelo,
esas añoranzas tardas.
Supo que atentaba contra un oleaje de sábanas que
orientaban sus arrugas lejos de sus piernas y así
ensanchó las puertas de las vías oníricas:
quieto,
huloso,
meneándose al tiempo de una brisa de bahía.

Hojeó los rostros que otrora habitara,
que gestuaban,
dejando adivinar lo antecedente,
trebejando el tiempo,
dúctil,
mascándolo y enredándolo en un vago litargirio,
deshaciéndose luego en sinécdoques y
reduciéndolo a la funda de su almohada.

Sobrevino de presto una faja de estrellas
que envolvió sus días horizontales
abandonando los amagos del reloj,
taladrando las columnas de la senectud,
de después,
de mañana,
de anciano,
aislándolo en ese momento,
preservándolo en la sal de mar:
versátil, flexible, flotante,
renovado en concurrentes hoyes que tabicaban los amaneceres.

Se supo eterno y rió,
prisionero de lo inagotable,
amo de todo lo que no se orienta y
que procura charcos de solaz y de bostezos.
Ungido en un aceite nacarado,
hediondo a pulpo
y a tifón,
mirando chorrear las estrellas
y pringar de luz la brea que
se cierne sobre aquellas páginas;
mezclando
y sorbiendo
un petróleo de letras nocturno
que lleva sus olas al pie de la cama
donde se maniata con mimbre una perpetua gestación...

sábado, 9 de enero de 2010

7/8


la máquina comienza a gruñir,
a masticar con avidez la materia extraña

Carlos Fuentes

- ¿Pero, qué hacen ahí todas esas sillas?
- Como pidieron, señor, ocho sillas de ruedas
- Pero si este vuelo con costos trae a quince personas, ¿usted cree que se necesitan ocho sillas de ruedas? Yo pedí una, no ocho; no sé si otros pasajeros las necesitarán
- No, pero si todas están a su nombre. Aquí está claramente, ocho sillas de ruedas, Ricardo Mora
- Bueno, vea a ver qué hace con las otras siete, porque una es la que yo necesito, aquí está el señor. Vení, Fernando, a las tres te pasamos. Una… dos… tres… ¡éccole, qua! ¿Qué tal, Nando, todo en orden, cómodo?

Fernando asentía con un bosquejo de sonrisa, agradecido con su cuñado por el detalle de viajar hasta allá para ayudar a traerlo de vuelta. Confundido, sin embargo, a causa de la abundancia de sillas de ruedas; ese número además, siete, tan cabalístico como los 312 caracteres que constituirían según los místicos el nombre de dios, tan trillado, tan recurrente, que perdería todo sentido, todo valor mítico, si no las tuviera ahí al frente, tan tangibles como él mismo, tan reales como esa enfermedad que le atacaba las rodillas y el cóxis, y lo había reducido a una de esas máquinas simples ---fatídicas--- cargadas siempre de maladía y debilidad. Él mismo imaginaba el cuadro, incluso lo llenaba de palabras, para contarlo después y sacar una risa a su mujer y a sus hijos, aligerando así la carga en la que devenía: Una clownesca caravana. A él, gordo, hinchado, desbordándose un poco de sí por los costados de la silla, lo seguía su cuñado que cargaba tres abultadas maletas deslizándose hacia la torpeza, y tras ellos, siete sillas de ruedas vacías que los escoltaban a través del aeropuerto.

El día era desdichado a causa de numerosas razones. Para empezar, los días posteriores al 20 de diciembre se volvían un infierno en cualquier aeropuerto, aun para quien tiene prioridad de paso. Luego, un intento de atentado en alguna de esas ciudades del centro de Estados Unidos había reforzado la seguridad y entorpecía el tráfico internacional. Además, no hace dos semanas se encontraba sano, dando sorbos a su whiskey fino, festejando el cierre de las operaciones anuales, visitando a alguna amante, satisfaciéndola. Hoy estaba en esa condición, temeroso de que el diagnóstico fuera certero y que la parálisis se extendiera a la columna vertebral, a los órganos vitales; acaso que se hiciera de toda su parte inferior, dejándole únicamente el recuerdo de lo que era el sexo. Y finalmente, porque dadas ya las condiciones de lo trágico, todo continuó saliendo mal: Su cuñado llegó a Managua alrededor de las nueve de la mañana, via San Salvador; un problema con la visa de entrada lo detuvo durante tres horas en el aeropuerto, sabiendo que a las dos de la tarde debían estar los dos de nuevo ahí, listos para viajar a San José. Ya superado el contratiempo migratorio, su cuñado esperaba encontrarlo casi empotrado en la ambulancia, listo para el viaje de regreso, y sin embargo la ambulancia no se había siquiera reportado. Tras numerosas llamadas, se enteraron de que cerca del tope sur de Montelimar, algún chofer desdeñó de la señal de alto y desalineó el eje delantero izquierdo de la ambulancia, hiriendo al copiloto y a un paramédico. Llegó entonces Fernando al aeropuerto en la parte trasera de una camioneta, amortiguado por una docena de almohadones, ayudado por cinco guardas de seguridad y cuidacarros que se coordinaban a gritos mientras aguantaban los ciento sesenta y cinco kilos que llenaba el hombre. Ahora, recién llegado después de múltiples atrasos, lo esperaban ocho sillas de ruedas junto a la puerta, como si pudiera depositar un poquito de sí en cada una.

Imaginaba que era la fuerza, la esperanza, el deseo de la propina lo que hacía que aquellos siete hombres lo siguieran, como epítomes de la inutilidad, pregonando con trompeta y estandarte “¡aquí llevamos un enfermo!”. Primero los odió, aunque con facilidad notaba la evidente comicidad del trensito tullido que lideraba cual locomotora grasa. Ya más tarde pensó en que disfrutaría verles la cara cuando sólo el primer asistente se llevara su propina. Pero antes de llegar al control de inmigración, sintió curiosidad. ¿Permitiría seguridad que avanzaran siete sillas de ruedas vacías, sin objeto, sin propósito? Y así fue. Entonces, les asignó algún valor. Ya no era claro el por qué de su presencia, aunque en su mentecilla empresarial el dinero seguía jugando un papel preponderante, pero daba ahora paso a más complejas, más trascendentales elucubraciones.

Cuando subieron al primer elevador pudo verlos nuevamente, desprovisto ahora de la sorpresa que inundó el primer encuentro. Quien los seguía inmediatamente era un hombre alto, de piel cobriza, pelirrojo y con la cara manchada de pecas. Fernando lo examinaba por encima de sus anteojos y no obtenía ninguna reacción; el pelirrojo sólo se limpiaba las uñas y se acomodaba la corbata. El tercero era un hombre pequeño, calvo, de piel oscura y ojos claros, probablemente un resultado de esa combinación genética que facilita la costa. Éste le sonreía y le guiñaba un ojo. El cuarto era un nene, no debía trascender los diecisiete años, y se ceñía de su teléfono celular como quien mama de la teta de su madre; probablemente enviaba mensajes a su novia alajuelense, quien le comentaba del encuentro más temprano con algún amiguito de secundaria, lo que le llenaba de rabia los ojos al chico y le subía los colores al rostro, mientras su dedo gordo tomaba velocidades astronómicas sobre el teclado. El quinto y el sexto habían hace rato entablado una conversación que consistía en pequeñas miradas, gestos casi imperceptibles, hondos respiros, levantamientos de ceja, sordos asentimientos y encogimiento de hombros. Parecían conocerse hacía años, haber compartido esta actividad monótona durante larguísimas horas, tal vez haber mitigado la abulia con algunos tragos de cerveza. Posiblemente ambos gozaban secretamente de lo insólito de las presentes circunstancias, tal vez sin saberlo; pero ese rato llenaría múltiples conversaciones en un bar o en las pausas tabaquistas, les otorgaría risotadas gratuitas, daría origen a múltiples versiones que se mezclarían en un collage de percepciones diversas, de contradictorios puntos de vista, les arrancaría incluso alguna perorata querellante, tal vez contra el pelirrojo, pues así –distraído- no era capaz de encontrarle la gracia al momento y sería tachado de idiota, de aburrido, de amargado, cuando en realidad a él ni esto ni la vida le importan un pito. Sonó el timbre del elevador.

Recomenzó así la caravana, en el mismo orden, mientras bajaban una rampa que conducía al reclamo de equipaje. Fernando intentó observar al conductor de la séptima silla sin éxito. Después de haberse volteado dos veces, su cuñado le preguntó si todo andaba bien, él asintió nuevamente y abandonó su objetivo. Encima de las tres maletas de mano que su cuñado cargaba –sin el más mínimo ofrecimiento de ayuda por quienes cargaban las sillas vacías—, otras dos maletas grandes debían de recogerse en la faja sin fin. Fernando supuso que esa nueva parada le daría la oportunidad de observar con cuidado al noveno miembro de su convoy. Se equivocó sin duda, pues sus maletas lo estaban esperando al filo de la faja, con todavía otro asistente que había sido compelido por la aerolínea a retirar todo el equipaje a nombre de Ricardo Mora y Fernando Calvo, que habían solicitado ocho sillas de ruedas y sólo dios sabe cuántas maletas traerían. Evidentemente este asistente fue depositario también de una pequeña propina, ante lo cual se dilataban los ojos de Cinco y de Seis. Quedaba aún un largo camino, rectilíneo sin embargo, y sabía Fernando que las oportunidades de descubrir a Siete se reducían considerablemente.

La maestría, la destreza para cavilar artilugios y trebejar artificios se vuelve acá innecesaria. Suponía Fernando que ya no vería a Siete y se resolvió a imaginarlo, de por sí sus elucubraciones sobre los demás no resultarían más ciertas. Lo imaginó un tipo cabizbajo, recóndito en su propio ser, inalcanzable por lo evidente del mundo, casi etéreo, sin nariz, sin ojos, sin órganos, libre también del detalle de una máquina soltera, engendrador de multiplicidad, de diferencia, libre del sexo, atado sin embargo a un ciclo vital de dos ruedas, a un camino que recorre un ocho horiztal. Titánico en su insignificancia, inútil, desprovisto de la voluntad de vivir, ajeno a esa voluntad, superior a esa voluntad…. eterno, desconocedor de lo fatal, libre en el tiempo, atado a un perenne presente, sin memoria, sin deseo, sin voluntad, más viejo que sus antepasados, más joven que su descendencia, desvinculado de lo fáctico, inconsciente de lo factible, como indeterminado, poseedor de una voz penetrante, una voz atravesada por todos los discursos, palabras de todos los tiempos, sin idioma, sin gramática, una voz pura, ingraficable, empujando aquella silla, escoltándolo al mismo tiempo que escolta a otros miles, como deviniendo la acción misma de escoltar, deshecho de Sísifo, límpido de carga, de peso, de necesidad, de objetivos, regado en todos sus fluidos, reconstituido, uno con sus desechos, con su sangre, con su vilis, y sin órganos, todo en un esferoide de lo ahora, lo que en cualquier tiempo, en cualquier lugar, en cualquier cultura, resulta implacable. Pero se dio cuenta el lector que Deleuze y Sartre son insuficientes para la sana justificación de un deus ex machina.

Entonces Fernando lo imaginó como era, como quería que fuera: un gran hijo de puta. Alguien que había procurado nunca dar más de a lo que el mundo lo obligaba, que había ignorado los llamados de emergencia de su esposa, de sus hijas, que había escondido los asomos de vergüenza en las grutas de meretrices de turno, o en los fiordos de borracheras intensas, y que ahora dependía del desprendimiento de sus seres cercanos para poder sobrellevar lo que la vida le arrojaba encima. En fin, se imaginó a sí mismo. Supuso que como él no habían dos, al menos no en el mismo elevador, no dos miembros de la misma caravana.

Pensó entonces que era un vago, un bueno para nada, un soliloquio carente de audiencia, un perro que meaba unas azaleas inoloras, dado a la nada, insertando el olvido en los minutos, forzando una apatía en la vida; hoy ahí, detenido sin pensar, parado detrás de esa silla de ruedas –la octava del desfile de la acedia—, sin razón, reflexionando sobre los gases que despedía los domingos, repasando con la mente algo mucho más trillado que el mapa de Hungría, tal vez un reality show, alguna canción del top ten. ¿Qué más podía ser el último de aquella línea? Si para él irse y desprenderse de aquel espectáculo era más fácil que para ningún otro. Sin duda, Dos, a pesar de su inconciencia, era vital para mantener la lógica de aquella marcha, de separarse él, o Tres, o Cuatro, fácilmente se desbandarían los carruajes enfermizos, Cinco y Seis, que aparentemente tanto disfrutaban el momento, difícilmente escogerían la deserción; pero Siete, ¿qué lo ataba? ¿no podía nada más irse, despertar a lo ilógico de aquella farsa, deshacerse del ridículo? Debía ser un idiota, una de esas ovejas que sigue a los otros, que hace siempre lo que ordenan, que imita siempre lo que ve, una barcaza sin rumbo, de esas que valdría la pena hundir, como esa pila de idiotas que trabajaban para Fernando y eran incapaces de un poco de iniciativa; esa empresa, apenas en pañales, era seguro se desmembraría sin un hombre como él, que pusiera orden, que impulsara ideas… Pero tal vez no era así. ¿Qué razón tenía entonces para permanecer ahí, para seguirlo tan ciegamente? Intentó verlo de nuevo, alterando al conductor de su silla, alarmando a su cuñado, pero ahora con plena determinación.
—¿Qué tal, Nando, todo bien? — Pero Fernando se ceñía en mirarlo, forzando la silla a la izquierda con su incontenible gordura, obligando al conductor a detenerse, alterando el ritmo de la caravana. Su cuñado entonces sotuvo apenas el carro del equipaje, incapaz de evitar golpear los talones de Uno, dando un dinámico paso lejos del camino de Dos, que golpeó con fuerza el carro con las maletas, forzando a Tres a frenar de improvisto, y a Cuatro, y a Cinco, lo que provocó que Seis atropellara a Cinco y lo sentara en su silla de ruedas. Siete se detuvo a tiempo.
— Puta, ¿estás bien, Nando? ¿Qué pasó?
— No, nada, es que…
— ¿Tenés que ir al baño?. ¡Alaputa!
— No, eso no es. Es que… esta carajada… el tipo ese, ¿quién es?
— ¿Quién, cuñado?
— Ése— dijo rascándose la nariz, escondiendo la mirada, procurando no verse en la reacción de Siete— ¡Bah!, no importa. Disculpame. Perdón— dijo mirando a Uno, un tipo amargo, de dientes roídos, practicante de un mutismo voluntario y portador de una cicatriz que le unía la ceja derecha con la parte superior del labio. Uno a penas reaccionó, mirándolo fijo, como quien reprocha a un niño necio; y sin más, reanudó el paso.

La cavilación que sigue es predecible. Fernando pensó entonces que tal vez ese sujeto no merecía la propina, que después de todo los demás también habían estado ahí, siguiéndolo, llevando esas sillas vacías a través de todo el aeropuerto, y ninguno, al menos, le había puesto aquella cara de repollo agrio. ¿En qué méritos basar entonces aquel premio? Porque cierto era que el bolsillo no alcanzaba para darle un poquito a los siete, lo mismo, por supuesto, porque equitativo no se puede ser a medias. Uno no recibiría ni la costra de una olla sucia. Dos se veía simpático, pero ahí absorto, encapsulado en su propia decidia, no parecía ser merecedor ni de un polvo pagado. Tres le había guiñado un ojo, signo de superflua amistad, breve demostración de solidaridad; podía ser uno de esos jugados, que le caen bien a todo el mundo, en especial a aquéllos que los pueden ayudar y de quien, asoslayadamente pueden aprovecharse un poquito, obteniendo un préstamo, un favorcito, cuidando un mandado, y sin darte cuenta terminás cuidándole a la hermana enferma durante seis años hasta el día de su funeral, donde el vivacho aparece y te llora en el hombro, agradeciendo tu atención, que sos un hermano, el mejor de los amigos, y por supuesto no podés enojarte con él, lo perdonás, y dos meses después estás cuidando a su mamá. A este no, mejor no, tiene eso caribeño, naturalmente engañoso. Cuatro. Tal vez podría comprarle un regalo de disculpas a su novia después de la escena que le va a montar hoy en la tarde. ¿Quién es ese desgraciado con quien estaba hablando? ¿De dónde lo conoce? ¿Por qué no me lo había mencionado antes? Cuidadito me doy cuenta de que me está poniendo los cuernos con ese hijueputa, porque lo mato, y después la mato usted si se me mete el agua. La verdad es que la historia ya se la conoce, cuántas veces no le dijo Fernando lo mismo a su esposa; ahora ya no quería contribuir a esa tontería, que se haga hombre este escuincle y aprenda bien temprano lo que es arrepentirse. Luego, si se le daba a Cinco definitivamente se le tenía que dar a Seis, lo que rompía todo el sistema: a uno o a ninguno. Volvía entonces a Siete. Lo pensó mejor; lo cierto es que al no conocerlo darle alguito era una acción pura y desinteresada, como lo son la caridad y la beneficiencia. Tal vez Siete venía de una de esas familias miserables que presenta la televisión en su “milagro de navidad”, con una hermanita tullida, padres drogadictos, habitante de un rancho de zinc y madera a las orillas de un río, casi en el suelo, con alfombras y sábanas cubriendo a los moradores de la lluvia. Algún conocido le habría encontrado el trabajito, halando sillas de ruedas en el aeropuerto, procurando cincos sin salario fijo para comprarle a su hermana el mismo artefacto que empujaba día con día, picándole las manos por tomarla nada más, sosteniéndose en su integridad contra el flujo del mundo. ¡Siete! ¡Puta! Lo que le cuesta la vida a la gente. Con razón estaba ahí parado, aferrado como idiota a la cola de aquella serpiente, con la cabeza baja y sin respirar, invisibilisándose y rezando porque el gordo amargado que iba adelante le soltara algunos pesos, pocos, algo, lo que fuera. ¿Por qué no? Esa era una posibilidad tan buena, tan probable como cualquier otra, como que fuera un maniaco pedófilo que mantenía un bajo perfil. Pero la vida tenía que haberle enseñado algo a Fernando; esta enfermedad podía superarse sólo con una actitud optimista. Valía pensar lo mejor de la gente, lo mejor de sí mismo. Nada limitaba a Siete, ninguna mala espina que le dieran sus ojos, ningún mal olor que le transmitiera su estancia, su movimiento, sus gestos. ¡Siete, el mejor de lo hombres! ¿Por qué no? Y ahí decidió Fernando quién recibiría la propina, el triple de lo que pensó originalmente, porque ésta era una de las apuestas más importantes de su nueva vida, una vida atada al vehículo en que andaba, empujado por un desgraciado y seguido de siete sillas de ruedas vacías.

Llegó a la salida del aeropuerto, donde tantos esperaban, algunos con ansiedad, otros con rótulos fosforescentes que llevaban algún apellido seguido de “Banana Tours”. Estaba ahí también su ambulancia, con dos paramédicos y otra silla de ruedas, más resistente, más implacable. Atravesó la multitud, todavía acompañado por la evaescente caravana. Su cuñado dejó de lado el carro del equipaje y señaló a los paramédicos, que lo tomaron sin preguntarle y lo postraron sobre su nuevo carruaje. Fernando intentó volverse, alcanzar su bolsillo, causar conmoción, llamar a su cuñado, hablar, tomó la bata de uno de los paramédicos, pero ambos permanecieron inmutables mientras lo subían por la rampa a la ambulancia. Fernando volvió la mirada, dilató los ojos, forzó una expresión de sorpresa, de incomodidad, mientras veía a su cuñado darle algunos pesos a Uno y entablar luego un pleito con los otros, defendiéndose a gritos de Dos y de Cuatro. Tres fue víctima de un gesto de desprecio con la mano cuando intentaba hablarle suave, calmarlo. Los paramédicos mientras tanto acomodaban las maletas junto a la silla y Cinco y Seis permanecían al margen hablando con Siete, que observaba sorprendido aquel escándalo, retrocediendo un poco, dándole algunas miradas a Fernando, que callaba, víctima de un peso indescriptible, atado a aquel armatoste de metal y de cuerina, acelerándosele el pulso, sin tregua, sin pausa, invadiéndolo los sentimientos, los recuerdos, la determinación de un nuevo él, ahogado en una confusión idiota. ¡Siete! ¡Siete!
— ¡Siete!
— ¿Qué? —contestó su cuñado— ¿Siete? ¿Cómo le voy a dar siete?, ¿no ves?

Entonces entró su cuñado a la ambulancia, abandonando el coro de reclamos de los asistentes— ¡Vámonos! —Arrancó el conductor la ambulancia y los dos paramédicos ingresaron a la cámara donde Fernando se anegaba en sobresalto. Apenas habiendo abandonado el aeropuerto, tras un corto vistazo de la caravana amotinada, Fernando se volvió a su cuñado y sentenció —Ricardo. Qué hijueputa sos.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Domi cum patris post viginti


Volvió al momento la mirada, como intentando castigarlo, demandándole muda una respuesta sobre su tardanza. Hervorosa de deseo, deseo por averiguar dónde había estado, con qué amigote de turno, en qué cantina de mierda, tomando qué guaro, a la sombra de qué nopales de plástico o de porcelana, así retornando siempre a lo inminente, mega en lo trascendental de lo implacable, de lo inevitable; consciente de que todo lo perdido en la conversación, en ésta, en cualquiera, no lo llenaba ninguna respuesta. Entonces, sorda a la replicación, dijo: “¿le fue bien, m’hijito?”

lunes, 21 de diciembre de 2009

Trozo (1)*

*Por lo del Cuartel, pero también por otras cosas

Recorrió la calle, en sus costados se adivinaban casuchas cubiertas de sucesivas capas de pintura, rosado, cereza, turuesa, aseguradas con rejas contra el hampa y los influjos de Avenida 7. Luego de unos pasos divisó un callejón entre dos edificios, un callejón encerrado, cortado del mundo por un portón de metal aliñado con varillas retorcidas. A lo largo del callejón, limitado por paredes de madera, se divisaban numerosos almácigos que dotaban de un verde precario el norte de la capital. Maikol llegó entonces a la oficina del contador, ubicada en lo alto de una tienda de electrónica. Sabía ue debía peetrar el escondrijo abarrotado de mostradores de vidrio y antenas de televisión que se extendían como esqueletoss de palomas en el cielo raso; debía preguntarle a alguno de los vendedores por Badilla, quien de mala gana lo iría a llamar hasta el segundo piso, saldría entonces de aquella guarida de trebejos anticuados, útiles sólo para aquéllos cuyas billeteras alcanzaban sólo la tecnología vigintisecular; se pararía frente a la puerta adjunta en aquel estuario de múltiples ritmos, esperaría a que bajara Badilla comenzaría el juego de la hipocresía. Y así fue.

Lo que Badilla llamaba su oficina era el claro al que conducía un camino serpenteante de gradas y balaústres despintados, donde un piso incrustado de conchas desembocaba en un claustro de paredes blanco hueso. Habían tres escritorios, dos archiveros y una mesita de vidrio que habría de servir al café de la tarde y al periódico de la mañana. El piso entonces había devenido un mozaico rojo de pintillas blancas, del cual emergían vrias sillas que, como el edificio entero, traían al hoy los años de 1950 y vertían sobre los hombres recuerdos ajenos, de sombreros y carmín, de novedad añeja, de casimir, de radionovelas, y del griterío del mercado que una vez envolvió la esquina de la calle 6 y la avenida 7.

La oficina estaba compuesta de una serie de espacios colisionados y a la vez independientes, Maikol había comprendido hacía tiempo la lógica de Badilla: esos espacios eran algo así como santuarios, algo así como las capillas laterales dentro de una iglesia, dedicados cada uno a a un tema específico. Cerca de la puerta, una pizarra de corcho aguantaba recordes de periódicos del mes en curso -esa era la capilla de la actualidad- escogidos entre las noticias aquéllos que tenían que ver con el fútbol y el crecimiento económico de la región centroamericana. Más cerca del escritorio de Badilla, encima de su asitente avituallado con el uniforme del Club Sport Cartaginés, se encontraba el rincón patriótico, dnde algunas banderas nacionales provistas de una ventosa vertían su sombra sobre dos calcomanías que leían "Sí al TLC". Junto al escritorio de Badilla, en cambio, se encontraba el santuario de la ubicación, donde un diagrama del sistema solar era seguido en orden descendente por un mapa de Centroamérica y éste por un plano del centro de San José; forma harto compleja de decir "aquí estoy yo".

Trozo (2)*

Comenzaba entonces la danza de los números y Maikol sentía la urgencia de mirar por la ventana para huir de aquella desidia; se lo impedía, pues sabía que su trabajo, monótono, estoico, dependía de aquellas operaciones, per además porque a través de esas cortinas sucias y vidrios opacos sólo staba San José, en una de sus expresiones más tristes: Tierra Dominicana; y que ahí no tenía para ver sino la miseria del vagabundo y la vida diurna de las prostitutas. Cierto que no era el bajo de Cuesta de Moras donde, al pie de los negocios que vomitan reggeatón, adolecen las calles de una hemorragia de aguas negras. En este Norte que tan rápido deviene Oeste hay otro aire, Maikol no lo entiende -lo que no quiere decir que no lo perciba- pero ahí se condensa la vida de hombres de antaño, resuena aun el griterío de los mercados, se siente pasar el Ronda en su bicicleta con una empanada de papa en la bolsa del saco, se adivina el paso de los reos hacia la Penitenciaría. Ahí se diluye la circunferencia de las horas, entre aquel caserío que forma un lago de zinc oxidado que parece expandirse en su oleaje cuando se sube la cuesta que ata Barrio México con el final de la Avenida 7. Un lago habitado por fértiles islas que de cerca se distinguen como almácigos de plátano, lago donde se hunden las calles y de donde emerge la Santísima Trinidad; ahí los piratas manejan un camión repartidor o rebuscan entre la basura, los tiburones se alimentan con piedras de crack y los guapotes pican los bolsillos de los transeúntes. Y en esas aguas, en su biodiversidad incalculablemente humana, Maikol no se quiere sumergir. Le basta vivir en Ipis y ver pasar los cardúmenes que bajan desde los Cuadros y desde Purral para saber que las orillas son apenas seguras y que el risego de aventurarse aguas adentro puede ser otro que perder la vida; puede ser el contagiarse de aquella miseria, de aquella rampante mediocridad, perder la sana distancia víctima de la conmiseración, o de la lástima, y arrojarse a tratar con problemas que no tienen solución. Sabe Maikol, y lo sabe bien, que en medio del olejae de las latas, subir la ventana no basta y que toda la melaza de la purria inevitablemente inundará la nave. Lo que ha oído, y lo que no entiende, es que hay aquél que penetra esos mundos de voluntad propia; unos para intentar ayudar y otros -los peores- para intentar encontrar ahí lo que no logran ver otros, para echarle un baldazo de real maravilloso y balancearse con un diletante paso entre el ardid escritural y el turismo del subdesarrollo, "para revivir a Bukowsky -decía otro- y sentarlo a comerse un ceviche en el Mercado Central". Como si la sensibilidad lo excusara todo. Pero eso a Maikol lo tiene sin cuidado, a fin de cuentas, él ni siquiera sabe que las favellas de Río de Janeiro son atravesadas por buses de turistas norteamericanos. Él sabe que está ahí sentado frente al contador en aquella oficina adornada con aras inintencionales, resolviéndole la vida a Dillinger para que pueda pasar dinero desde Panamá y financiar así sus inversiones, entre las que están numerosos Night Clubs donde los extranjeros visitan la entrepierna de tantas que habitan los inmuebles que componen aquel cuerpo de agua.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Justicia /3 (Guadalupe)

Balanceaba los brazos con torpeza, arrastrando los pasos, vistiendo bucles desordenados, bigote, y una chaqueta de cuerina negra.
Guadalupe: ese pueblo atravesado por lo urbano, como invadido por lo urbano, que parece resguardar la intrínquilis de la penumbra bucólica, humedecida con salones de baile, salas chinas karaoke, cantinas vequísimas y desteñidas en el interior a fuerza de la corrosiva mezcla de tristeza y alcoholismo. Esas son las cuadras que habita, por las que pasea su tensa parsimonia, viendo cómo las muchachas se cambian de acera ante su avistamiento. Tiende a dormitar mientras se escurre entre el ajetreo de los chanceros, inmune al aire navideño que reside en los chinamos y que se desborda sobre las aceras fundido en luces parpadeantes. Hace las de un moscardón en aquellas avenidas rancias, saltando de esquina a esquina, de chamba en chamba, exprimiendo los caldos ambarinos del desecho, algunos pesos, aquí y allá, que calmen a los acreedores y lo lleven a final de mes.
Tiene algunos hijos; suyos siente a dos, que lo han acompañado, cree, más tiempo que los otros y en alguna ocasión lo juntaran de un caño, empapada la nariz en sangre, quebradas las costillas y dos dedos. Las calles que lo refugian contienen a sus amistades y a tres hembras que sufren su libido, de forma ocasional, espontánea, asidas a la esperanza de que, como aquella vez, apareciera hacia mitad de mes con algunos pesos en la bolsa y se los entregara acompañados de un “tomá” que antecediere un beso avituallado en su bigote hediondo a meretriz.
Al doblar la esquina, lo vio comenzar, sin sospechar el acto que seguía, ignorando cuánto del evento no sería sino su propia agencia. Harold, la ratilla de Purral que se creía pregonero de una nueva cáfila, progenitor de una inminente piara de carteristas, traficantes y tachadores, se le acercaba a un saco de huesos movido por la inercia de setenta años. El anciano sobrepasaba apenas el metro cincuenta y llevaba una camisita a cuadros, un chonete y una reuma crónica que le dificultaba cargar el bolso de punto en el que figuraba una mazorca. Sin introducción, libre de las amarras que son las palabras, los llamados de atención, los gestos, se abalanzó Harold sobre el viejo propinándole un golpe en la frente y llevándolo al suelo. Mientras el anciano se cubría con los brazos el rostro y pataleaba torpemente, las manos del joven le invadían los bolsillos del pantalón, la camisa, penetraban el bolso, lo vaciaban, sustraían su billetera. Notaba el ladrón que el viejo lloraba, retorciéndose como un batracio extraído del agua, intentando con la voz quebrada rogar por auxilio; entonces acercaba su cara a la suya, arremedándolo, riéndose, tras lo cual el viejo le propinó un izquierdazo en el ojo derecho: momento en el que el otro hombre, que había detenido su paso, aun cubierto de aquella chaqueta de cuerina negra, se arrojó sobre el ratero y le acomodó la quijada con dos vituperantes ganchos. Ya en el suelo, lo alcanzó de súbito su adolescencia y lo condujo al llanto, tras lo cual el hombre le recetaba puñetazos en los costados, en el rostro y en la cabeza, como urgido por enseñarle lo que era la calle, coartando su pueril insolencia y sus pretensiones rezongadas, sacándole a patadas el deseo de volver a bajar la montaña que separaba Purral de ese pueblo anudado, centro de inmisericordia. Entonces, las botas estallaban en sangre detrás de la cabeza del ladrón, que había ya cesado sus quejas, y continuaban encontrándose con su cadera y con su coxis, aunando en Harold saltos y retortijones. No oía las palabras del viejo que, invadido de extraña quietud, sentenciaba “ya, ya, estuvo bueno”; continuaba propinándole codazos y coces, ya manchadas de sangre las botas y las mangas de cuerina, como depositando en aquel estropajo la rabia que traía por causa de querer vivir, por el miedoa expirar que lo dejaba desahuciado en la autoconservación.

Y así le trajo la muerte, mientras pateaba frenético el joven cadáver, sintiendo apenas los brazos del anciano que lo abrazaban y con una fuerza exigüe lo alejaban de los restos del rapaz.

Nunca había matado a nadie; pero esa tarde conjuraba el proscenio de un crimen. Antídoto de lo real, pero amago de lo verosímil: en aquella esquina, rodeada de ocho casas, donde doña Paquita Manzanares, Heidy Rojas, la familia Cerezos y los Prieto dejaban discurrir sus vidas, nadie presenció el hecho sino el viejo, víctima de la fetidez de aquel capo de la purria. Entonces, el hombre, que había guardado silencio la mayoría de su vida, era incapaz de impedir el rebozo de sus pensamientos. Se volvía hacia el viejo y dejaba escapar apenas de manera inteligible “se lo merecía ese desgraciado; el que la hace la paga; debía de estárselo esperando; pase lo que pase, doncito, yo no me arrepiento; échele tierra a esa rata hedionda y vámonos, lo acompaño a la esquina, luego… si te vi, no me acuerdo”.

El viejo entonces respondió “yo lo conocía, era hijo de un Luthier de por allá arriba, en Platanares, que construía guitarras a cambio de sueños; Emiliano, que se llamaba, lo echó un domingo de la casa, tras encontrar que discutía con su madre a causa de unos polvos blancos que le había encontrado entre las cosas del colegio. El güila estuvo un tiempo viviendo en el Alto, en casa de un primo que lo introdujo en este mundo de mierda; pero el carajillo resultó el más bravo de todos… todo lo que tuvo que aprender lo terminó enseñando al cabo de unos meses. Lo respetaban esos hijueputas, más que a nadie… esto, güevón, no se va a quedar así. Una tarde de estas lo van a venir a buscar, si les da tiempo le van a preguntar si en realidad fue usted, no porque no sepan, sino porque le quieren ver la cara cuando llore pidiendo perdón. Mejor que sea rápido, unos balazos que lo alcancen en la espalda cuando se asoma a la cantina de los miércoles, y no que lo agarren borracho, un sábado, se lo lleven a algún lote baldío de Paso Hondo y le saquen las tripas. No se crea, miherma, el que no se acuerda si lo vi soy yo. Gracias, y que dios me lo acompañe; que hoy usté mató al Pizuicas y eso se paga con sangre.”

Pasados los meses lo vieron, balanceando los brazos al trote, llevándose cigarros a la boca, ebrio incluso, abrazado de alguna mujer después de una noche de cumbia, riendo a carcajadas con el panadero, apostando en las máquinas de azar junto al Guadalupano, dejando perderse las horas entre las arrugas que fruncían su chaqueta de cuerina negra.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Agachatesta

Se repletó de aquel almagre que le teñía los nudillos; arrancó un empujón a la tierra mientras apuraba el paso. Involuntario alfarero, fue dejando moldes de sus pies hundidos en el barro, atravesados por trozos de ropa, envases plásticos y llantas en desuso. Sus venas parecían extenderse más allá de sus deseos y enramarse en el machete que dibujaba líneas torpes en el pedregal. Avistó entonces la casa por encima de la cumbre de la mala hierba. Acto segudido, cruzó trastabillando la quebrada, donde el verano había dejado un incomparable olor a mierda, paquetes vacíos de detergente, sacos de nylon y una poza amarillenta donde se lavaban tres zanates. Así que arrastraba los pantalones mojados por entre la hierba, sentía que abandonaba un mundo sin que otro posible se avistara para darle bienvenida.
La casa estaba ya más cerca; de sus adentros, la luz se fliltraba entre las cortinas, intermitente ante el paso ocasional de camiones y de bicicletas. Y el necio mozote se le adhería a la ropa encobrada hiriéndole los pies mientras oía entre el montazal el raer de las culebras, convencido de que al próximo paso lo adornaría una fatal picadura. Llegó sin embarg intacto al momento en que el monte comenzó a desdibujarse.

A la orilla de la calle, ya cuando se hacía visible a los transeúntes, deseó la muerte.

Sin tregua el aguacero continuó golpeando en las paredes de zinc, mojando las puertas enredadas en varillas de metal. Empapado, avanzó. De los pies le fluían terrones que abandonaba a su paso en la cara del asfalto. Bajo el aguacero, esperando el paso de dos autobuses, observó los hilos de agua que pendían de un luminoso letrero encima de una pulpería. Luego, como animado por un nuevo aire, se apuró hasta el pórtico enrejado de la casa sin mirar el tráfico.

De aquel escondrijo, teñida por la sombra se asomó una mujer con deseos de enterarse.
"Ya", le dijo con un aire seco. "¿Ya qué?". "Diay, ya lo maté".
"¿Lloró?". "Parecía un chancho después del primer martillazo". "¿Y los zapatos?". "Los quemé. Perate, dejame pasar...".
"Hay café" respondió la mujer, trebejando el cerrojo. "Sí, regalame un poquito. Sin azúcar". "Heiner... ¿pidió perdón el hijueputa?". "¡Qué va! Ese tipo de gente no se sabe arrepentir"

martes, 15 de septiembre de 2009

Faroles

Debajo de la gorra de los Lakers, una pañoleta de tela elástica le cubría la cabeza, precipitándosele hasta media espalda en forma de dos tiras que emanan de un lazo. La pantaloneta de mezclilla blanca le cubría la mitad de la pantorilla, preámbulo a un par de tenis amarillos roídos por la vida urbana. Un acompañante lo seguía, entusiasta, portador de una descuidada sonrisa, alzando los brazos en júbilo y agitándolos, tal que su camiseta morada ondulaba envolviendo su torso de niño. De las manitas del primero, que reía también, nacía el mutilado mango de una escoba; en el extremo que apuntaba a la cima de los edificios se retorcía un alambre que fluía hacia el suelo en forma de gancho. Del garfio colgaba un artificio de cartulina materializado en cubo, y en sus paredes, adornada con papel maché, la figura de una verde hoja de cannabis transmitía a la noche la luz de una hirsuta candela.

Se paseaban ambos así por la acera, ocasionalmente dando bocanadas a un cigarro compartido, acercándoseles a las señoras mientras sentenciaban "Vea, doñita, ¡qué pichudo!"

Junto a ellos, separados por una calle angosta, marchaban los otros, acompañados de sus padres, ataviados con la tridimensional fotografía de un campesino ideal, iluminando el campus con decenas de bujías, en celebración más de su niñez que de la Independencia.

sábado, 29 de agosto de 2009

Pagliaccio

estaba,
ya tendido el telón ,
ahogado en tan triste condición polícroma...